Las calles desiertas de Argentina en este julio de 2026 nos regalaron un fuerte déjà vu.
Salir a la vía pública mientras jugaba la Selección evocaba postales del confinamiento: persianas bajas, asfalto vacío y un silencio sepulcral roto solo por el grito de gol.
La diferencia radica en que este aislamiento no nació de un decreto sanitario, sino de una devoción inquebrantable.
La crisis del COVID-19, un enemigo invisible que no distinguió clases sociales, partidos políticos ni edades, nos dejó una lección flotando en el aire.
La expectativa era que saldríamos de la tormenta transformados, siendo una sociedad capaz de convivir, dialogar y escuchar.
Sin embargo, al mirar la cotidianidad actual, la realidad golpea: no se ve en la calle que hayamos "bajado un cambio". La intolerancia volvió a ganar terreno.
Es aquí donde el fútbol, y el ciclo de Lionel Scaloni, nos ofrece una segunda oportunidad para parar la pelota.
La pasión unió nuevamente al país sin distinciones, pero el verdadero valor de este proceso excede lo deportivo: radica en la gestión humana de un líder que nos enseña cómo funcionar en las familias, empresas o grupos de amigos.
El manejo de grupo del cuerpo técnico es una clase magistral de autoridad bien entendida.
En este torneo, algunos futbolistas consolidaron su titularidad y otros debieron aceptar el banco de suplentes.
Esta dinámica copia a la vida familiar. Los hijos a veces se preguntan por qué los padres se ocupan más de un hermano en determinado momento. No es falta de afecto, sino respuesta a una necesidad coyuntural. Los padres, al igual que los entrenadores, cuentan con todos los integrantes para respaldarlos cuando corresponde, priorizando el bienestar del conjunto.
Aportar al éxito colectivo desde el rol que nos toque —sea en el centro de la cancha o desde el banco— es el aprendizaje urgente que la Argentina necesita trasladar a sus ambientes laborales, hogares y, fundamentalmente, a la política.
La Scaloneta nos recuerda quiénes somos cuando tiramos para el mismo lado. Si el dolor de la pandemia no nos bastó para frenar la locura, que sea este amor sagrado por la camiseta el que nos obligue a poner la pelota bajo la suela.
Aprendamos a jugar en equipo en la vida diaria. Salgamos a la cancha a definir objetivos comunes con humildad.
Solo transpirando la camiseta de la convivencia social lograremos clavar en el ángulo los resultados que tanto nos debemos.
¡A jugar, que el futuro está en nuestros pies!
Héctor Rubiolo
C.Inmobiliario - Mat. 0254